NaturalMente 27
15 n atural mente 27 ç sumario Suscríbete Consulta aquí todos los números de NaturalMente y salió a ocultarlos en la sala de los dinosaurios. Los ratones se pusieron a observar y olfatear en busca de pistas. Uno encon- tró un pelo marrón al lado de la vitrina del elefante, otro olfateo un olor espe- cial cerca de la vitrina de la osa hormi- guera y otro encontró un trocito de ga- rra rota subiendo por el lado izquierdo. Ya tenían muchas pistas. Ahora solo tendrían que ver a quien pertenecían. Uno por uno fueron analizando a to- dos los gatos. Había que descartar en- tre 6 candidatos. Tras un examen exhaustivo encontra- ron al culpable, había que saber porque lo había hecho y donde estaban las piezas. El pobre gato al verse acorralado pi- dió perdón y lo confesó todo. Hace unos días, alguien había contac- tado con él y le había prometido mu- chas latas de comida. Lo único que tenía que hacer era llevar esas dos piezas a la sala de los dinosaurios. Los ratones despidieron al resto de gatos y fueron a esconderse en esta sala pero nadie vino a por las piezas, en- tonces se dieron cuenta de que el gato les había mentido. Los ratones llamaron a la policía que se llevó al gato ladrón para juzgarle. LydiaVillalbaToledo 3 er premio de Relato Breve Una noche en el museo Un día yo estaba muy nerviosa porque era mi primera visita al Museo de Ciencias Naturales. ¿Estaría el Megaterio? Mis padres me habían ha- blado de él y ya era mi animal favorito. Su cráneo me recordaba la cara de un perrito. Cuando lo vi me sorprendió: ¡era mucho más grande de lo que parecía en las fotos! Me distraje y no me di cuenta de la desgracia: me perdí y no encontré a mis padres por ningu- na parte. El museo estaba cerrado y me rendí. Estaba sola y encerrada. Empecé a llorar en un rincón. - No llores –dijo una voz. Miré y… ¡El megaterio se estaba moviendo! - ¿Pero no estás muerto? - ¿Muerto?, ¿ yo?, ja, ja –rio con voz grave. Se miró las patas huesudas. - Puede que tengas razón: estoy muerto. Soy un monstruo. - No eres un monstruo –le dije. - Sí lo soy.Yo me preocupaba por los demás y ellos decían que yo era una criatura fea, horren- da y monstruosa.Todos me tenían miedo. - Dices que eres un monstruo por ser feo. Pero ser bueno o malo no viene de ser guapo o feo ni del físico, sino de tu corazón. - ¡Pero si no tengo corazón! ¡Soy un esqueleto! - ¡No me refiero a ese corazón! Es una expre- sión. Significa que ser bueno es hacer cosas por los demás.Te preocupabas por los demás. Los que se burlaban sí que son unos verdaderos monstruos. Saqué mi Nintendo y jugamos juntos a Mario Odyssey y a otros videojuegos. Después al es- condite, pero era muy grandote y lo encontraba siempre. Luego él me enseño un espejo de obsi- diana, un cráneo de cocodrilo, hombres del paleo- lítico, a su amigo Don Diplodocus… Cuando más amigos éramos llegó la parte tris- te: la despedida. Al amanecer escuché un ruido en la puerta: mis padres llegaban muy preocupados y acompañados de un policía. Me abrazaron y me dijeron que te- nía que volver a casa. Cuando nos marchábamos vi como al Megaterio le arrastraba una lágrima por la mejilla. - ¡Esperad! –grité, y fui corriendo hasta él. - No tengas miedo –le dije-. ¡Muévete! Movió la cola y se agachó para que subiese en su lomo. El policía, muerto de miedo, salió corriendo. - ¿Nos lo podemos quedar? –pregunté a papá desde allí arriba. - Tengo una idea mejor –dijo mi padre-. ¡Vivire- mos aquí, en el museo! El megaterio esbozó una sonrisa. Estaba feliz como una perdiz.
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