NaturalMente 37

44 n atural mente 37 ç sumario Suscríbete Consulta aquí todos los números de NaturalMente Marzo 2023 fera de entusiasmo le rodeaba y uno la percibía al acercarse a él. También a Teresa Montero, se- cretaria de Paleontología, con la que me une una buena amistad.Y a Carmen Sendra, Sergio, Javito, Cari, Angelines o Pepe Arroyo. De las vivencias de esa época nació mi novela Beduino en la ciudad . Pero no todo son recuerdos agradables. Tam- bién estuvo la contaminación por amianto, ma- terial que aislaba las conducciones del sótano de Geología y cuyas fibras quedaron al aire en unas obras realizadas en 1992. La inadecuada res- puesta de la dirección motivó una denuncia ante Salud Laboral primero y ante CC.OO y varios medios de comunicación después.Tras el enfado correspondiente de las autoridades del CSIC y del propio Museo, hubo de acometerse una cos- tosa descontaminación del sótano. Un mundo de fósiles y de objetos prehis- tóricos A mediados de los 90 pasé a depender de Luis Alcalá, conservador de Paleontología de Verte- brados, al hacerse cargo de las colecciones de Geología tras la renuncia de Javier. Así llegué a establecer contacto con el mundo de los huesos fósiles, igualmente fascinante. Ictiosaurios. Placas de gliptodonte. Los peces de Los Aljezares. Las ranas de Libros. Los mastodontes de Yuncos…Y también con la Colección de Prehistoria, donde conocí piezas de yacimientos míticos: Torralba, Ambrona, las terrazas de Manzanares, las cuevas asturianas… Un conjunto irrepetible que hoy no podría reunir ningún museo, tras haberse hecho cargo las CC. AA. del material paleontológico y arqueológico encontrado en sus respectivos te- rritorios. Recuerdo la emoción que sentí la pri- mera vez que tuve en mis manos un hacha bifaz: aquel objeto transmitía pura perfección. Quien había tallado en la aurora de los tiempos ese tro- zo de pedernal era un consumado maestro: no sobraba ni faltaba ningún retoque en él. Recuerdo a tanta gente que entonces traté. A Luis Alcalá y su gran aguante ante situaciones ad- versas (o, simplemente, fastidiosas).A Beni, Isabel, Lu, Lola, Lauro, Susana, Yolanda, Loli. A Blanca y Paloma, hábiles restauradoras.A Elena, la atractiva arqueóloga que llegó un día para estudiar hue- sos de oso y con la que fragüé una amistad que ha perdurado hasta hoy.A Begoña, que sustituyó a Luis en la dirección de la colección y con la que volví a coincidir al cabo de los años, esta vez como compañeros.A Ángel Montero, que prepa- raba su tesis en la Colección de Paleobotánica. Con él colaboré en su revista Pellets , hecha arte- sanalmente y donde abundaban los artículos con cierto aire gamberro. En esos días Atapuerca era noticia en todos los medios. El Museo tenía una brillante participación en esa empresa científica. Cada campaña de ex- cavación reservaba un hallazgo de primera línea. Con Emiliano Aguirre, el patriarca de ese grupo de paleontólogos que serían galardonados con el Premio Príncipe de Asturias, hablé varias veces. Recuerdo su voz rasposa y su memoria elefan- Miguel Villena. Fotografía tomada por Lola Bragado. Su engañosa apariencia de fragilidad escondía una gran resistencia, física y moral, y una gran afición por el deporte, especialmente el fútbol. “Miguel Villena me propuso traducir el Catálogo de Pedro Franco Dávila. Comenzaría así una aventura apasionante que nos llevaría a navegar por las aguas de la historia”

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